Madres

 

Madres
 

Todos los seres humanos tenemos algo en común: estamos aquí porque una madre nos parió. Pero más allá de eso, hay muchas madres muy distintas. Hay madres para las cuales los hijos son lo más importante en la vida. Pero también hay madres para las cuales lo más importante de su vida no son sus hijos. Hay madres que esperan que lo más importante en la vida de sus hijos sea su madre. Pero también hay madres que esperan que sus hijos tengan vida más allá de sus madres. Se suele pensar que para todos los hijos su madre es la mejor del mundo. Se suele pensar que para todas las madres sus hijos son los mejores del mundo. Pero yo, sin embargo, no pienso que mi madre sea, ni de lejos, la mejor del mundo. Lo cual no deja de ser, en cierta manera, “justo”, pues nunca he sentido que mi madre me haya transmitido que para ella fuera (soy) un buen hijo. Entiendo que mi madre ha intentado ser la mejor madre que, en función de las circunstancias que le tocó vivir, y de su manera de ver el mundo, ha podido y sabido ser. Pero eso no quiere decir que piense que haya sido una buena madre. Mi madre y yo tenemos maneras distintas de ver lo que es ser una buena madre, de lo que es ser un buen hijo. Mi madre y yo tenemos maneras distintas de ver el mundo, de ver la vida. Como era bastante común en su época y clase social, imagino que mi madre piensa que una buena madre es la que consigue que sus hijos hagan muchas cosas de las que socialmente se consideran muy importantes con su vida. Yo veo las cosas de otra manera. Como sucede a menudo, ver lo opuesto a lo que tú quieres te ayuda a ver mejor qué es lo que quieres. Por eso, antes de hablar de cómo veo yo las cosas explicaré cómo las ve mi madre, para terminar por último explicando por qué creo que ella no es una buena madre, y qué importancia tiene en realidad eso.

 


Mi madre lleva tres años en una residencia. Tiene depresión, demencia y no controla en absoluto los esfínteres. Sea por la edad o por la demencia, ya lo viví con mi padre, los mayores se permiten decir lo que siempre pensaron, pero nunca dijeron. Un día me quejaba a mi madre de que siempre se está quejando de la temperatura: o tiene calor o tiene frío, y eso que vive en Las Palmas de Gran Canaria, uno de los sitios con temperaturas menos extremas del mundo. Y ella me dijo, toda convencida, Claro, es que eso es así, o se tiene calor o se tiene frío. Cuando le dije que había una tercera posibilidad, sentirse bien, no tener ni frío ni calor, me miraba con la cara con la que se mira a los locos. Mi madre vive en la insatisfacción permanente. En realidad, eso no es nuevo, siempre ha sido así, y el hecho de pasar tanto tiempo con ella, y de verla dependiente, te permite ver las cosas desde otra perspectiva. Cuando llego normalmente me dice “por qué llegas tan tarde”, otras veces se queja de que llego muy pronto. A menudo dice que es horrible, que está cagada, o que la comida es asquerosa, o que le ha pasado algo. Si la llevo a dar un paseo se queja de que hace frío, o calor, o de que el paseo es demasiado largo y está cansada. Recuerdo cuando la traía a casa a comer tortilla de Mercadona. Unos días se quejaba de que estaba caliente, y otros de que estaba fría, aunque todos los días seguía las instrucciones del envase y la calentaba cuatro minutos en el microondas. Unos días se quejaba de que estaba salada y otros de que estaba sosa, como si los productos industriales no estuvieran hechos para ser todos exactamente iguales. Aunque los astros del universo se confabularan para crearle una tarde perfecta, mi madre sabría encontrarle defectos. Y, en cuanto a lo que yo pueda hacer, ya entendí que, no importa lo que yo haga, para mi madre nunca será bastante. En el último mes, en más de una ocasión, he enfrentado a mi madre. ¿Tú piensas que tienes buenos hijos? Porque no importa lo que haga, a ti todo lo que haga te parece mal, nada te parece bastante. Me miró con la misma cara con la que me explicaba que lo normal es tener frío o tener calor, no se puede estar bien. Imagino que, en el mundo de mi madre, es normal que las buenas madres nunca acaben de estar contentas con sus hijos. Aunque habitualmente se dan a nivel no consciente ni articulado, la gente suele funcionar con dos teorías del sentido común acerca del rol que desempeñan las madres (y los padres) en la crianza de los hijos, y que a menudo se suele relacionar con las teorías del apego de Bowlby y Ainsworth. La generalización de una especie de psicología pop hace que la gente a menudo plantee estas teorías como verdades científicas comprobadas que se usan para justificar de manera dogmática comportamientos, dado el desconocimiento de que la ciencia, en realidad, va más de falsear teorías que de comprobarlas.




En las últimas décadas, a raíz del auge de conceptos como la autoestima y de la taxonomía de los cuatro tipos de apego (seguro, ansioso- ambivalente, evitativo y desorganizado) se ha tendido a pensar que la función principal de las madres (y padres) es la de validar a sus hijos. Generalmente se tiende a pensar que es bueno que las madres, y/o los padres, piensen que sus hijos son los mejores del mundo, porque eso les hace sentir validados, es bueno para su autoestima. Dicen que tienes un ancla psicológica firme desde la que construir tu personalidad si sabes que, no importa lo que hagas, para tu madre va a estar bien, que tu madre siempre te va a querer. Claro que hay quien piensa que eso no es tan bueno. Hay quienes piensan que la función principal de las madres (y padres) es la de cuestionar constantemente a sus hijos para que así se esfuercen más y consigan más cosas. Que tu madre te tiene que enseñar que si te esfuerzas y eres un buen niño (o niña) te va a querer y valorar, pero que si no te esfuerzas y te portas mal no te va a querer. Porque así es como se educa a los niños, así la gente se acaba convirtiendo en hombres (y mujeres) de provecho que se esfuerzan y logran cosas en su vida. Si no, los niños se acabarían convirtiendo en niños mimados, criaturas malcriadas que acaban su vida viviendo en un sofá pendiente de que las madres, u otras personas, se lo hagan todo.



A mí me educaron transmitiéndome una serie de dogmas: hay que sacrificarse para el día de mañana; hay que esforzarse para lograr cosas; nunca te des por satisfecho con lo que tienes, esfuérzate siempre por ser cada día mejor. Después de ver cómo mi padre se pasó los últimos años de su vida con Alzheimer y en pañales, y de ver a mi madre con demencia y en pañales también, cuando uno ya pasa de los cincuenta lo de que hay que estar en el aquí y ahora no es sólo un lema New Age. Como mi padre ya no está, a mi madre ahora le doy las gracias porque lo de sacrificarme me ha permitido llegar a mi edad en una posición acomodada. Claro que no me hace ninguna gracia que, ahora que podría “disfrutar de la vida”, resulta que me toca encargarme de ella, que no tiene ninguna gracia, y con ella no se puede disfrutar de la vida. Recuerdo que un día no fui a verla y me madre me lo afeó ¿Por qué no viniste? Cuando le contesté que no había ido porque había quedado mi madre me respondió “¡Pero es que primero es tu madre! Imagino que habrá por ahí madres que les dirán a sus hijos mi niño, tú vive tu vida que yo soy feliz sabiendo que tú eres feliz, pero no es la mía. Ya dije al empezar que madres hay de todo tipo. Igual que hay hijos de todo tipo, y de cada uno se esperan cosas distintas: mi madre se alegra si una de mis hermanas, que vive en Barcelona, me llama cuando estoy con ella y le habla diez minutos dos veces por semana.  Una vez que encaré a mi madre y le dije que por qué esperaba más de mí dijo que es porque mi hermana está casada y tiene su vida en Barcelona. Pues eso, quizá la misma madre puede decirle a una hija que mientras ella esté bien está contenta, mientras que espera del hijo menor y soltero que se haga cargo de ella. Es como el argumento de la película Como agua para chocolate, pero con igualdad de género.



Qué es una buena madre, qué es un buen hijo, cómo ve mi madre eso, cómo lo veo yo, qué importancia tiene todo eso. Supongo que al llegar aquí no puedo evitar que me salga el sociólogo que tengo dentro. En distintas sociedades, en distintas épocas, se define de manera distinta lo que es ser una buena madre, lo que es ser un buen hijo. Y, por supuesto, se pueden establecer también diferencias entre hijos. En Como agua para chocolate son tres hermanas, y la tradición hacía que se esperara que la hermana menor se quedara soltera para cuidar a su madre, pero no se esperaba lo mismo de las otras dos hermanas. Ayer fui a ver a mi madre y le dije que iba a cambiar un billete porque la semana que viene tengo exámenes el martes y viernes, y me respondió: ¿Y no lo sabías? Le contesté que sí, que por supuesto, que se lo estaba contando a ella, que suponía que no lo sabía, y que si, para variar, alguna vez, aunque fuera de vez en cuando, podría responderme a algo con alguna palabra amable. Si la gente mayor pierde los filtros, yo también estoy ya bastante mayor, así que hay ciertos filtros que he perdido, y quizá por eso estoy todo el día enfadado con mi madre. Creo que por último le digo por lo menos una de cada tres veces que voy que si, por una vez, para variar, no podría decirme algo amable, encima que voy a verla, la atiendo y la llevo de paseo. Supongo que para mi madre ser una buena madre pasa más por estimular que por validar a sus hijos, así que imagino que, en su mundo, que ella se esté quejando constantemente conmigo no sólo no la convierte en una mala madre, sino que quizá incluso es lo que la hace una “buena madre”. Tengo amigas, algunas son madres, que me dicen que mi madre no se puede quejar del buen hijo que tiene. Cuando lo cierto es que mi madre se queja constantemente, y a mí lo que me transmite no es que me considere un buen hijo.



¿Qué importancia tiene todo esto? Yo ya perdí la esperanza y entendí que para mi madre nunca lo que yo haga va a ser bastante. No sé, en los años que le quedan, cuántas veces va a tener una palabra amable conmigo. Sé que pocas veces me dará las gracias, porque ella lo que siente no es que me tenga que dar las gracias por llevarla de paseo, sino que tiene derecho a estar enfadada conmigo por haberla metido en una residencia, en vez de ser un buen hijo y asumir que (¡tu madre es primero!) no tengo derecho a tener una vida mientras mi madre esté viva. ¿Por qué voy a ver a mi madre? En parte asumo el rol socialmente impuesto de que los hijos tienen que ir a ver su madre. No voy porque me haga sentir bien, más bien me mortifica, no hay forma de disfrutar con ella. Es tu madre, ella lo dio todo por ti y ahora tú se lo devuelves, suele decir mucha gente. Sinceramente, desde que yo era adolescente mi madre ha estado con depresiones, no es que lo diera todo porque muchas veces estaba en la cama y no se levantaba. Últimamente, sobre todo cuando se habla de los mayores, a menudo sale a colación el concepto de Soledad no deseada. Por cómo me trata cuando estoy con ella, casi parece que lo que desea es estar sola. Sé que no lo hago por ser un buen hijo, porque sé que nada de lo que haga será nunca bastante, nunca seré lo bastante buen hijo. Sinceramente, tampoco es que pienso que haya sido la mejor de las madres, ni siquiera de mitad de tabla. Supongo que, en el fondo, tiene algo que ver con la pena. Aunque con el carácter que tienes no me extraña, me da pena que estés sola y por eso te voy a ver. Y, como dicen que mientras hay vida hay esperanza, y a ti vida ya te queda poco, imagino que siempre mantengo esa pequeña esperanza. Que alguna vez te vaya a ver y te alegres, que alguna vez me digas algo y no sea para criticarme. Hay gente que no importa lo que hagan, para sus madres siempre serán buenos hijos. Y también hay gente para la que no importa lo que hagamos, para nuestras madres nunca seremos lo suficiente buenos hijos. Tengo que ir espaciando lo de ir a verte, y habrá días en que, aunque tenga tiempo, no iré a verte, porque cada vez que voy me machacas. Mira que te lo he dicho más de una vez, si no podemos intentar llevarnos bien. Pero, como te he dicho más de una vez, no sé cuándo fue la última vez que me dijiste algo amable. Supongo que voy a verte simplemente porque eres mi madre. Porque puedes intentar elegir cómo relacionarte con tu madre. Pero no eliges de que madre eres hijo. ¿Sabes? Supongo que, en el fondo, también es una manera, una más de tantas, como tú dirías, de llevarte la contraria. Dicen que los hijos no aprenden lo que los padres dicen, sino lo que los padres hacen. De palabra no decías eso, pero de obra lo que tú me has enseñado es que tienes derecho a negar la realidad, a enfadarte porque el mundo no es como tú quisieras que fuera, porque no te tocó la vida que tú habrías querido. Yo veo las cosas de otra manera. Tú eliges enfadarte, y sentir rabia porque la que te tocó no es la vida que querrías vivir. Yo elijo aceptarlo, y sentir agradecimiento porque al menos tengo una vida por vivir. Gracias por darme la vida. Y perdona que te lleve la contraria y siempre busque motivos para disfrutarla, tú siempre buscas motivos para sufrir la vida. Sé que no es culpa tuya, que a ti te educaron en la ética nacional católica y el espíritu de la depresión. Así que también doy gracias a la vida porque me tocó vivir en una época en que puedo vivir de manera distinta a como mi madre quisiera que viviera.




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