Desperdiciar la vida

 

Desperdiciar la vida

 


¿Alguna vez has tenido la sensación de que has desperdiciado tu vida? El pasado sábado fui a ver a mi madre a su residencia. Se sorprendió, me dijo que no esperaba verme, que pensaba que estaba en Tenerife. Le contesté que sí, pero que había ido a verla. Y me preguntó que por qué no me quedaba allí e iba a verla solo en vacaciones. Pareció alegrarse cuando le dije que así al menos la sacaba de paseo, aunque fuera el fin de semana. Paramos a ver la vista en un mirador. Para merendar me saqué una barrita de proteínas, que había cogido porque me había dado cuenta de que las tenía ahí apartadas y se me iban a acabar caducando. Me dijo que se me iban a picar los dientes. Mi madre fue educada con una visión muy negativa del mundo, nació en 1938 y vivió los años más del franquismo. Como toda la gente de su generación. Pero mi madre, además, venía con algo de fábrica: distimia, es decir, depresiones constantes y persistentes. Desde que tengo uso de razón su vida, la de sus padres, la de mi padre, la de mis hermanas, la mía, ha sido una lucha contra su depresión.

Ayer bajé a comer a Maspalomas con mi hermana, a la casa que mi padre compró en 1985. Yo soy de otra época. Algún momento pasaron por mi mente recuerdos de adolescencia. La adolescencia era, entonces, una época muy peligrosa. Los niños podían descuidarse y caer en la droga, y así perder su vida. O, sencillamente, podían caer en el sexo, y, ya se sabe, el sexo era pecado, y así perder la vida eterna. Yo supe mantenerme al margen y convertirme en el tío solterón que alguna vez ha tenido alguna novia o ligue, pero que mayoritariamente ha estado solo, y así ha acabado cumpliendo con lo que se esperaba de él: cuidar de su madre. Claro que mi madre ya no está ni para que la cuide. Sí, cuando voy le acabo cambiando el pañal, le doy un paseo. Pero ni sale del coche, y al rato ya se está quejando de que le aprieta el cinturón de seguridad, de que se le clava el culo en el asiento. Supongo que mi madre está para que la cuiden, pero ya no tiene sentido que la cuide yo.

Viajando a la adolescencia recordé que, cuando era adolescente, siempre imaginé que llegaría a esta edad casado y con hijos. Es difícil no sentir, al menos a ratos, que has desperdiciado tu vida, cuando llegas a esta edad más solo que la una. Es difícil no sentir que has desperdiciado tu vida cuando te has pasado la vida cuidando de tu madre. Tu madre no se iba a poner bien por más que la cuidaras. Y, en cualquier caso, ya no tiene sentido que hagas mucho. Las personas vivimos la vida como podemos. A veces, cuando miramos hacia detrás, sentimos que hemos perdido la vida. Y eso es verdad, porque la persona que somos ahora hubiera tomado decisiones distintas de las que tomamos cuando éramos otra persona. Claro que tampoco puedes culpar a tu yo de entonces de que no haber actuado como lo habría hecho tu yo de ahora. En el momento que viviste, con las situaciones y las posibilidades que tenías, hiciste lo que pudiste.

Me siento solo. Pero no creo que se trate de un sentimiento subjetivo, sino que en verdad el mundo, al menos el mundo en que yo habito, está hecho para que la gente como yo esté y se sienta sola. Recién cumplidos los 53, soy un bicho raro, porque nunca me he casado, no tengo hijos, y en total apenas me habré pasado en pareja unos 7 años. En realidad, no es tan raro: si empiezas a los 25, te pasas un año en pareja, luego un par de años recuperándote y recomponiéndote, luego tienes algunos intentos que te duran más… Así una década se convierte en 3 años con “medio algo” y los otros 6 entre el recuperar y el volver al mercado y a ligar; así, poco menos de tres décadas se convierten en unos 7 años en pareja. En realidad, debería de haber aprendido de la última a desaprender lo que aprendí de mi madre. Mi madre fue el referente que yo tuve de mujer. A mi madre siempre se le daba el beneficio de la duda, a mi madre siempre se le daba otra oportunidad, te sacrificaras por lo que fuera…Hace más de un año de la última vez que tuve algo, menos de dos meses una mujer que, como mi madre, también tenía algún problema de salud mental. Y hace poco más de un mes me escribe para decirme que si yo la había bloqueado en el teléfono, que había estado conociendo a uno, que casi habían estado viviendo y que ahora la había bloqueado. Esa es la historia de mi vida, siempre he sido el buen chico. Es lo que me enseñaron, lo que yo aprendí con mi madre: no importa lo que tú quieras, un hombre que se preocupa de lo que él quiere es un machista egoísta. Tú tienes que estar ahí, siempre dispuesto y esperando para salir del banquillo y que te convoquen para jugar el partido. Porque las mujeres se lían, no siempre tienen claro lo que quieren, igual al principio se equivocan y luego ya se darán cuenta de que eres un buen chico…Qué bien me enseñaron a desperdiciar la vida. Y ahora vienen y te dicen que la asignatura que has estado dando durante los últimos 20 años, que todo el mundo está contento, pero por motivos varios, se eliminan. Y tu padre ya no está, y a tu madre ya apenas vale la pena que la cuides, y ya tus sobrinos están grandes. Y así es difícil no pensar que has desperdiciado la vida.

Aunque lo cierto es que la vida no se desperdicia, simplemente se vive. Has hecho lo que has podido y sabido cuando has podido y sabido, aunque a veces, a toro pasado, te pueda parecer que no has hecho mucho. La vida se vive, no se desperdicia. Porque no nos corresponde a nosotros decir lo que es una vida bien vivida. Aunque ahora veas la vida de otra manera, entonces la veías así. No la desperdiciaste si hiciste lo que en ese momento pensabas que tenías que hacer, lo que pensabas que era lo mejor para lograr lo que entonces querías lograr. Incluso cuando luego hayas terminado pensando que algunas de las cosas que lograste no valían la pena tanto sacrificio, y que igual tendrías que haber tenido que intentar lograr otras cosas. Y, desde luego, tampoco lo cambia el hecho de que hayas acabado aprendiendo de la vida. De niño te decían que si quieres tener A tienes que hacer B, y luego te diste cuenta de que te engañaron, porque por más que hicieras A nunca ibas a lograr B. Pero tú no desperdiciaste la vida. Simplemente, viviste la vida haciendo lo que en ese momento pensabas que era lo mejor que podías hacer.

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