Tú siempre has
hecho lo que te da la gana.
Manuel Ángel Santana
Turégano
"Puedes hacer lo que quieras. Lo único es que, hagas lo
que hagas, tendrás que aceptar las consecuencias de hacer lo que quiera que
hagas. Las consecuencias no son opcionales.
¿Para qué venimos al mundo? ¿Cuál
es el sentido de la vida? Desde que los seres humanos estamos en el mundo nos
hemos preguntado, algunos más que otros, para que venimos al mundo. Las
religiones, ideologías y sistemas de valores han sido siempre un marco de referencia
desde el cual las personas podíamos construir el sentido que le damos a nuestra
existencia. Si la cultura ha sido definida en ocasiones como “una caja de
herramientas con soluciones para los problemas más comunes en nuestra vida
cotidiana”, podría decirse que nuestra cultura nos da una serie de “modelos
prefabricados” de vidas con sentido: tú lo que tienes que hacer con tu vida es…
Y ahí, cada quien ha puesto una respuesta distinta. Durante buena parte del
siglo XX, en lo que se dio en llamar las sociedades comunistas (la Unión
Soviética y muchos otros países de la denominada “órbita comunista”), una
solución prefabricada que te ofrecían para decidir qué hacer con tu vida era “Lo
que tienes que hacer con tu vida es luchar contra las injusticias y ayudar a construir
la sociedad comunista”. Para otras personas, la fuente de sentido se encuentra
más bien en la religión: lo que tienes que hacer con tu vida es llevar una
vida terrenal digna de alcanzar la vida eterna. En las sociedades capitalistas,
la solución pasa más bien por alguna variante de la siguiente máxima: lo que
tienes que hacer con tu vida es ganar todo el dinero que puedas, porque, aunque
el dinero no compra la felicidad, sí que compra bienes y servicios (y aprecio
social, parejas, estatus y tantas cosas más), lo que indirectamente es
como decir que compra la felicidad”.
Obviamente, la manera en que cada
quien puede encontrar sentido a la vida que le toca vivir tiene que ver con la
posición social que le toca ocupar. Siguiendo el concepto de la “revolución reproductiva”
(MacInnes & Díaz,
2008)
para casi la mitad de la población mundial, hasta prácticamente antes de ayer,
la sociedad tenía que encargarse de convencerles de que lo importante era que
dedicaran su vida a parir hijos. Porque si un 90% de los hombres decidían no
tener hijos eso no era un problema para que una sociedad se reprodujera: con el
10% bastaba. Hay teorías que señalan que un gran porcentaje de la población
tiene genes de Gengis Khan. Y, en las sociedades europeas desde la Edad Media
hasta la Edad Moderna, y en España era un ejemplo muy bueno, si buena parte de
los varones era enviada al monasterio, al clero, al ejército o a hacer las américas,
eso tampoco era demasiado problema. Pero una sociedad en que el 90% de las
mujeres hubiera decidido no tener hijos, y no dedicar gran parte de su tiempo a
la reproducción, biológica o simbólica de esa sociedad, no habría sobrevivido
para contarlo. Ahora las cosas han cambiado, y como, siguiendo la idea de la
revolución reproductiva (MacInnes & Díaz,
2008)
es mucho más fácil la reproducción de la vida humana, es posible dedicar muchas
vidas a otras cosas. En realidad, desde el punto de vista de la psicología y
antropología evolucionistas, que analizan rasgos de la psique y la sociedad
humana en base a lo que ha resultado adaptativo, el sentido de la vida está
claro: al fin y al cabo, no dejamos de ser unos animalitos. Y los animalitos
tienen muy claro lo que tienen que hacer con su vida, han sido “programados”
para ello: ayudar que sus genes pasen a las generaciones siguientes. Y hay
quien plantea que el hecho de que las tasas de reproducción de cada generación
han sido históricamente muy diversas por género ayuda a comprender por qué la
soltería, llegada una edad, tiende a vivirse subjetivamente de manera distinta,
pero eso daría para otra reflexión.
Continuando con el razonamiento
anterior, no es descabellado afirmar que está claro para qué venimos los niños
(y niñas) al mundo: para dar sentido a la vida de nuestros padres, y madres. Y
esto varía en función de las historias personales. Mi madre, proviniendo de una
familia relativamente acomodada (su hermana, mi tía, estudió y se hizo enfermera).
Como nació en 1938, supongo que sería en torno a 1948 cuando las monjas dijeron
“a la niña no se le da, mejor que no estudie, y se haga ama de casa”. Casarse
y tener hijos era lo que daba sentido a la vida de mi madre. Y le costó
encontrarlo, porque no se casó hasta los 30 años, no tuvo su primera hija hasta
los 31, en una época en que lo normal era casarse más joven. A mí, el único hijo
varón, me tuvo con 35 años ya cumplidos. Desde que tengo uso de razón mi madre
ha lidiado con la depresión. En realidad, por lo visto, ya le pasaba desde
mucho antes de yo nacer: es lo que se llama distimia, depresiones constantes y
recurrentes. Mis hermanas, y yo soy el menor, siempre han dicho que mi madre
nunca ha sabido cómo vivir, y siempre ha tenido quien se encargara de vivir la
vida por ella: primero sus padres, luego el mío y luego sus hijos. A mí, en más
de una ocasión, me ha dicho que “yo soy su salvador”. De mis hermanas no esperaba
tanto, que está casadas y una tiene hijo, de mi esperaba que hubiera dejado mi
vida y me hubiera dedicado a cuidarla (al fin y al cabo, imagino, esa fue lo
que ella entendía que era la vida: cuidar de la vida de otras personas). Así que
mis propias hermanas, y mi cuñado, en más de una ocasión, se asombran de lo
dura que es mi madre conmigo. Mi madre lleva tres años en una residencia, tiene
demencia vascular; en los últimos años, pese a trabajar en otra isla, la he ido
a ver, de común, al menos tres días por semana, además de vacaciones, Navidades
y demás; y ahora, que con la demencia se le quitan los filtros, cada dos por
tres me lo dice bien clarito: vete a la mierda.
Por disfuncional que pueda
parecer, que tu madre, mayor, con demencia y en una residencia, espere de ti
que te ocupes de su vida tiene una parte buena: no tienes que dedicar tiempo a
pensar qué es lo que tienes que hacer con tu vida. Este domingo, después de que
dos días seguidos me mandara a la mierda, decidí que no iba a verla. Tras levantarme
e ir a entrenar me di cuenta de que no tenía que salir corriendo para ir a
buscarla. Antes a menudo la traía a comer a su casa, y en cuanto terminábamos
de comer, y me sentaba en el sofá a dormitar, tenía que ir corriendo al baño a
limpiarla porque se cagaba toda (hace tiempo que usa pañales y no controla los
esfínteres). Así que este domingo, cuando me quedé dormido delante de la tele después
de comer, y al despertarme me reí un rato con la comedia que estaban poniendo
pensé ¡Un domingo puede ser divertido! Durante un tiempo pensaba que, si podía
hacer que se sintiera algo mejor, valía la pena sacrificarme y pasar tiempo con
ella. Supongo que tendemos a pensar que da igual lo que hagas, al final, para
una madre, el mero hecho de ver a un hijo ya hace que se alegre. Sé que puede
parecer extraño, pero diría que no es así con mi madre: quizá las personas que
saben lo que es tener depresiones y/u otro tipo de trastornos lo entiendan. Es
como que tienen atrofiada la capacidad de disfrutar, e hiper desarrollada la de
sufrir. Así que en mi vida he llegado a un punto de inflexión. Durante los
últimos 5 años he estado pendiente de mi padre, que falleció con Alzheimer, y
de mi madre. En realidad, desde que tengo uso de razón, y pese a que estudié y
pasé 8 años en la Península, y llevo 20 años trabajando en otra isla, yo no
tenía que pensar mucho para decidir qué tenía que hacer un fin de semana, las
fiestas o vacaciones: ir a estar, acompañar, entretener, divertir a mi madre. Así
que, si ya no tiene sentido que haga eso, ¿qué hago ahora?
No tengo que tener hipotecados
los fines de semana, puedo hacer lo que quiera. Lo que también implica que
tengo que decidir qué hacer. Sí, puedo dedicar más tiempo a entrenar. Pero cuando
tienes más tiempo, tienes más tiempo para darte cuenta de que estás solo. Y sí,
te das cuenta de que haber dedicado mucho tiempo a otras cosas es algo que
ayuda a entender por qué ahora estás como estás. El otro día leía algo acerca
de lo importante que es aceptar. A veces se habla del proceso de duelo. Las
personas cuyos familiares sufren enfermedades neuro degenerativas tienen que
aceptar que sus padres ya no son las personas que eran. Que sí, que mi madre
nunca fue la alegría de la huerta, pero a veces podía sacarla de paseo, hacerla
reír, que se divirtiera. Hay que aceptar que eso ya no va a ser así. Y es muy
posible que con mi madre ya no vaya a tener apenas ningún momento bueno. Con mi
padre, por su carácter, fue distinto. Pero las enfermedades interactúan con la
personalidad.
“Tú siempre has hecho lo que te
da la gana” es una de las frases que me ha dicho mi madre en los últimos
meses, y eso que ella ya apenas habla. Cuando me la dijo entiendo que quería
atacarme: en vez de hacer lo que tienes que hacer, haces lo que te da la
gana. Claro que me paré un poco a pensar: ¿no hace todo el mundo lo que le
da la gana? Es decir, si decides no elegir, y aceptar hacer lo que otros
esperan que hagas… estás eligiendo hacer lo que a otros le da la gana… porque a
ti te da la gana. Supongo que mi madre lo que siente es que, en su vida, nunca
hizo lo que dio la gana, que no paró de sacrificarse, haciendo lo que sentía
que tenía que hacer, en vez de lo que a ella le hubiera apetecido hacer… y
ahora siente que la vida no le recompensa por ello. Y no, ciertamente, terminar
tus días en una residencia, con pañales y con demencia no se puede considerar
como que la vida te recompensa por nada. Otro día, ya empezado el curso, me
dijo: “A ver si te aclaras porque nunca sé dónde estás ni dónde trabajas”.
Yo le dije que en la Universidad de La Laguna, como hace más de 20 años, lo que
pasa es que está tan acostumbrada a que me organice para ir a verla y
acompañarla que se piensa que no trabajo fuera de la isla. Obviamente, pensé
que, si el sentido de coger el Fred Olsen todas las semanas tenía algo que ver
con que eso le fuera a aportar algo positivo, no sé hasta qué punto tiene
sentido hacerlo. Pero, en realidad la frase que más me ha dicho mi madre en los
últimos meses, que apenas habla es, “Vete a la mierda”. La verdad es que
a veces sales de limpiar mierda, y te sientes tratado de una manera tal, que te
dan ganas de mandarlo todo a la mierda. E igual lo que te apetecería es un
abrazo, pero no sé quién te lo va a dar si la persona a la que cuidas te manda
a la mierda.
Creo que es muy normal, cuando
estás enfadado, triste y cabreado, echar la culpa a otros, a las
circunstancias. Creo que en más de una ocasión habré dicho “qué voy a hacer,
es la vida que me toca vivir”. Y en más de una ocasión me han dicho que
cómo va a interesarse nadie por mí, salvo una trabajadora del Fred Olsen, si
estoy siempre de allí para allá. Ayer estuve en una charla sobre lo que es “inspirational”,
en inglés, que en español no tiene traducción. Yo decía que a veces la
inspiración viene “vía negativa”: ves algo, y no es que te motive para hacer
algo: sino, justamente, para evitarlo. Yo a veces siento que me he pasado tanto
tiempo cuidando de mi madre que cuando ella ya no esté voy a ser yo el que esté
para que le cuiden. Pero no quiero caer en el victimismo: estoy donde estoy, en
parte, por las decisiones que he tomado. Creo que al menos mi ejemplo puede
ayudar a otras personas a tomar decisiones que se alineen con sus ideas de lo
que puede ser una buena vida. Decía Nassim Taleb, sobre eso de que los seres
humanos llevamos inscrito en nuestros genes la voluntad de contribuir a que
nuestra información genética nos sobreviva, que no hay que tomarlo en sentido
estrictamente literal. Quizá es sólo wishfull thinking, pero a mí me
hace sentir bien que yo puedo transmitir información que a otras personas le
puede ser útil.
Referencias
MacInnes,
J., & Díaz, J. (2008). La tercera revolución de la modernidad; la
revolución reproductiva. Revista Española de Investigaciones Sociológicas
(REIS), 122(1), 89-118.

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