Mil trescientas semanas para vivir la vida de otra manera.

 

Mil trescientas semanas para vivir la vida de otra manera.

¿Cómo influyen nuestras creencias en nuestra vida?

Manuel Ángel Santana Turégano

 



Aunque está claro que muchas cuestiones claves en nuestra vida dependen del azar muchas veces, con nuestras decisiones, hemos contribuido a que acabemos viviendo una vida distinta de la que querríamos. Y esto tiene que ver con nuestras creencias limitantes. Nuestras creencias son nuestra percepción subjetiva de cómo son las cosas. Nuestras creencias limitantes son aquellas que nos hacen pensar que para nosotros no son posibles cosas que en realidad sí lo son. Entender de dónde vienen nuestras creencias limitantes es clave para dejar de auto sabotearnos, y así, en la medida de lo posible, poder vivir una vida más acorde con nuestras creencias.  

 

Ayer cuando sacaba a mi madre de la residencia se quejaba mucho de frío. Le puse un abrigo y la metí en el coche para llevarla a comer a su casa. Entonces se quejó de que tenía muchísimo calor. Ayer no tenía mal día, incluso hablaba algo, así que cuando le dije que siempre se estaba quejando, que o tenía calor o tenía frío, me contesto que eso era lo normal, que siempre se tenía calor o frío. Cuando yo le dije que también había una tercera posibilidad, “cero grados, ni frío ni calor”, me miró con la cara con la que se mira a los locos. Siguiendo las instrucciones de Mercadona calenté la tortilla cuatro minutos. Cuando le puse su parte en el plato se quejó de que estaba fría, así que se la calenté 30 segundos más. Entonces se quejó de estaba muy caliente. No tenía mal día: normalmente se lo hace todo encima, te das cuenta porque el pañal apesta, pero ayer dijo que tenía que ir al baño. Se fue por las patas para abajo, así que hubo que meterla en la ducha, limpiarla y ponerle un pañal nuevo. Se volvió a sentar en el sofá, y no quiso ver la tele, ni escuchar música, ni hacer nada. Yo me sumí en la modorra y la siesta de un sábado por la tarde. Cuando desperté me miraba con cara de que algo terrible había pasado, aunque lo cierto es que son más los sábados en que hay que cambiarla que los que no, por eso, entre otras razones, está en una residencia. Ayer no tenía mal día, así que cuando le pregunté qué parte del tiempo se pasa sentada, con los ojos cerrados y sin hacer, literalmente, nada, me dijo que la mayor parte del día.   

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Recientemente leí “4.000 semanas, gestión del tiempo para mortales”, de Oliver Burkemann. Toda vida humana dura un tiempo limitado, y, si partimos de una esperanza de vida de 80 años eso quiere decir que gestionar nuestro tiempo quiere decir decidir qué hacer con las 4.000 semanas que tenemos de vida. Esto es una realidad objetiva, como lo es que a mí ya me quedan menos de la mitad. No es una creencia, no es una percepción subjetiva de cómo son las cosas. Una creencia sería pensar que tengo que dedicar todos los sábados de mis próximas 300 o 400 semanas a limpiarle el culo a mi madre. La cuestión de si en mis últimas 300 o 400 semanas alguien me lo tendrá que limpiar a mí ahora mismo no es ni una realidad objetiva ni una creencia: es algo que sólo se podrá saber con el tiempo.

 

Mi madre nació en 1938. Cuando era una niña las creencias que dominaban en su entorno eran las del nacional catolicismo más recalcitrante, el régimen de Franco estaba en su máximo apogeo. El mundo es un valle de lágrimas, a este mundo se viene a sufrir, mientras más sufras en esta vida mayor será la recompensa que tendrás en la vida eterna. Como ya he escrito más de una vez, si Weber hablaba de “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, el ethos de la época de mi madre, especialmente en lo referente a cómo debían ser las mujeres, se podría haber titulado “La ética nacional- católica y el espíritu del sufrimiento”. Hace calor o hace frío. La comida está caliente o está fría. Incluso en sus mejores tiempos, mi madre siempre ha tenido un gran talento para el sufrimiento. Aunque eso puede tener que ver con factores genéticos, y con la depresión que la ha acompañado durante casi toda su vida, también tiene que ver con el condicionamiento social que ha vivido: si te enseñan que la única manera de ser una mujer buena, virtuosa, de ocupar un papel aceptable en la sociedad es ser una gran sufridora… pues al final lograrás serlo, incluso aunque el entorno no te ayude, y aunque exista una conspiración judeo- masónico- comunista para que tú vivas una vida feliz, llena de cosas buenas, tú te las apañarás para ver lo que falta y conseguir ser una pobre viejilla, una gran sufridora.   

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Otro libro que leí recientemente, “El síndrome de los chicos buenos”, de R. Glover, denomina “paradigma” el mapa que usamos para movernos por la vida. Todo el mundo los usa, y piensa que su mapa es correcto. A menudo operan a un nivel inconsciente, y sin embargo determinan en gran medida nuestras actitudes y comportamientos. Son el filtro a través del que procesamos las experiencias que tenemos en la vida. Los datos que no encajan con nuestro paradigma son filtrados y nunca llegan a nuestra mente consciente, mientras que los que encajan son aumentados, lo que aumentan la fe en la propia teoría acerca de cómo es la vida. El paradigma que ha usado mi madre implica pasar todas sus experiencias a través de un filtro que hace que las vea de un color que no es precisamente rosa.

 

Según Glover, el paradigma de los chicos buenos se basa en pensar que lo importante en la vida es ser un “buen chico”. Si tú eres un buen chico, y haces lo que tus padres esperan de ti, te irá bien, conseguirás un buen trabajo, alguien que te querrá, te comprarás una casa preciosa, tendrás un buen coche, unos buenos hijos y todo lo que se suele asociar a una vida idílica. Pero claro, si nunca has conseguido que tus padres estén satisfechos contigo será porque no eres lo bastante buen chico. Igual eres medio desordenado, y tu madre te regaña porque no tienes la habitación recogida y ordenada como la de un monje en la España franquista. Igual hay veces en que prefieres jugar, o, sencillamente, fantasear, y no estudiar todo lo que tu padre hubiera querido que estudiaras para que él pudiera presumir de cómo su hijo es el que mejor notas saca, el que mejor toca el violín, y, ya puestos, si te sobra tiempo, también el que es el mejor en los deportes.

Si no eres un buen chico entonces no te mereces todas las cosas que se merecen los buenos chicos. Tus padres quieren que seas perfecto. Pero tú sabes que tienes fallos. Así que acabas desarrollando creencias limitantes. Y quizá no acabas teniendo lo que para otras personas parece normal porque íntimamente estás convencido de que hasta que no consigas convertirte en buen chico no te merecerás lo que se merecen los buenos chicos. Dice R. Glover que muchos “buenos chicos”, incluso aunque tengan pareja, suelen sentirse mal en su vida amorosa, sentimental y sexual porque acaban desarrollando un “apego monógamo a su madre”. Haces lo que sea para sentirte aceptado, para sentir que te consideran un “buen hijo”. Le das el abrigo a tu madre, luego se lo quitas. Le calientas la tortilla, luego se la enfrías. Pero se trata de una partida que estaba trucada desde el principio, que nunca vas a poder ganar. Tú piensas que tu madre es infeliz porque tú la haces infeliz. Cuando lo cierto es que no hay nada que pudiera hacer a tu madre feliz.

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Cuando has gastado más de 2.500 semanas de las 4.000 semanas que te tocan (con suerte) de vida es duro darte cuenta de que en buena parte no has tenido lo que no has querido porque has tomado decisiones que han contribuido a que estés donde estás. No te quejes tanto, que, en realidad, si tú no ligas es porque no quieres. Aunque no todo lo que te pasa en tu vida lo eliges tú. Hace diez años estaba empezando una relación que me tenía completamente ilusionado, habíamos ido juntos al colegio, puse toda la carne en el asador. Pero claro, yo no elegí que tuviera trastornos. Luego yo no elegí que una señora se dedicara a acosarme, que la cosa acabó en los juzgados. Y luego no elegí que cuando empezaba a levantar la cabeza y a disfrutar del mundo llegara el COVID y cerraran el mundo. Y tampoco elegí que cuando empezaba a funcional el mundo viniera el Alzheimer de mi madre y me trastocara por completo mi mundo. Y luego mi madre, y luego mi padre acaba falleciendo, pero mi madre sigue igual. Quizá la forma más sensata de ponerlo sería algo más o menos como lo siguiente. Que no, ciertamente tú no eliges con quien te encuentras. Pero por las decisiones que vas tomando vas permitiendo que se queden en tu vida gente que te lleva a vivir situaciones que en realidad no quisieras, y dejas pasar de largo a quienes igual te podrían haber traído mejores cosas. No, si desde que se generó el órdago de mi padre, y tuvimos que lidiar con residencias, tutelas y demás he estado tan estresado que más de una vez he pensado que no tengo tiempo para una relación. ¿Quién me va a querer a mí, si tengo el trabajo en una isla y la familia en otra, y en vez de tener los fines de semana para construir una relación con alguien los tengo que ocupar en limpiarles el culo a mis padres? En realidad, nadie te va a dar las gracias por nada de lo que hagas. Y, en realidad, nunca vas a conseguir hacer lo bastante para lograr que a tu madre le parezca que has hecho lo bastante. Yo quiero que te quedes y estés siempre conmigo.  

 

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Con los mimbres que tenemos hacemos los cestos que podemos. Salgo a tomar una cerveza y me encuentro un amigo un par de años menor que yo. Me cuenta que en las vacaciones de Semana Santa se llevó a su madre, que tiene setenta y tantos, a Madrid, que lo pasaron muy bien. Me encuentro otro justamente de mi quinta: sus padres fallecieron los dos, hace ya algunos años, y él ahora disfruta la herencia.  Hubiera podido querer que me tocaran otros padres. Pero tengo los que tengo. También tengo buena salud, un buen trabajo, que me gusta, que me permite no estar todo el tiempo pendiente del trabajo y que me paga más de lo que soy capaz de gastarme. Eso, en los tiempos que corren, también es mucho. Me han dicho que me tengo ganado el cielo. También me han dicho, especialmente alguna mujer, que lo que hago yo con mi madre es admirable. Claro que también me ha dicho alguna mujer que cómo pretendo que alguna mujer me haga caso si siempre va a tener que competir por mi atención con mi madre. Haz las cosas porque quieres hacerlas, no esperes recibir nada a cambio. Entender de dónde vienen nuestras creencias limitantes es clave para dejar de auto sabotearnos, y así, en la medida de lo posible, poder vivir una vida más acorde con nuestras creencias.  Creo que hay algunas cosas de mi vida que ya voy colocando bastante. Me gusta mi trabajo, en una isla, aunque me gusta vivir en otra. La mayoría de la gente no entiende eso. ¿Cómo voy a ser profesor titular de una universidad que está en una isla si no quiero vivir en esa isla? Ayer, entre amigos y cervezas, cuando volvía hacia mi casa pensaba que no me entiende nadie… salvo mi rector, mi decana, mi directora de departamento, que son los que cuentan. Haz tu trabajo, si tienes que estar aquí dos días dando clase, el resto de tu trabajo, mientras lo cumplas, hazlo donde te parezca, y como te conocemos, la verdad es que si te vemos por aquí cuando no es estrictamente necesario nos extraña, ya sabemos dónde te gusta estar a ti. El otro día hice una entrevista a una nómada digital, a la que le llevo 13 años, que decía que se ha decidido a instalarse aquí porque, con 39, ya quiere tener una pareja, y entiende que hay cuando cambias cada pocos meses el lugar donde vives eso es más difícil. Me inspiró su asertividad, su seguridad. Seamos realistas: ella es una mujer guapa de 39, no un hombre “normalito” de 52, es posible que sus posibilidades de mercado sean mejores que las mías. Pero lo que está claro es que si no te permites pensar que puedes tener algo nunca lo vas a tener. Porque una cosa que salió en la conversación es que el típico consejo de “hay que vivir el aquí y el ahora”, que puede ser muy bueno… hay que matizarlo según la persona tenga pareja o no. Parece bastante sensato recomendar, a quien tiene pareja y una vida más o menos estable, que no se empeñe en perseguir quimeras que quizá hagan que pierdan que lo que ahora tiene. Lo perfecto es lo contrario de lo bueno. Pero pensar que te vas a pasar las mil trescientas semanas que te quedan sólo, y que lo que hay que hacer es renunciar al cambio… pues eso es otra cosa distinta.

Nuestras creencias limitantes son aquellas que nos hacen pensar que para nosotros no son posibles cosas que en realidad sí lo son. En realidad, yo no sé, no sé si se puede saber, si es posible lo que yo querría. Pero si no me permito quererlo, y, por lo tanto, intento vivirlo, nunca lo podré saber. Entender de dónde vienen nuestras creencias limitantes es clave para dejar de auto sabotearnos, y así, en la medida de lo posible, poder vivir una vida más acorde con nuestras creencias. Claro que siempre es conveniente actualizar nuestras creencias. Nada de lo que yo hiciera era nunca bastante: para mi madre no la cuidaba bastante, para mi padre no era lo bastante bueno. Me hicieron creer que la vida iba de ser un “buen chico”. Y yo dudaba si podría tener lo que les toca a los buenos chicos porque no estaba seguro de ser del todo un “buen chico”. Al fin y al cabo, los buenos chicos logran que sus padres estén contentos y orgullosos de ellos, y yo nunca logré tener a mis padres satisfechos. Ése es un muy buen ejemplo de una creencia limitante. A veces, sin darnos cuenta, tomamos decisiones que nos llevan a situaciones que no son las que queremos vivir. Yo a veces me siento solo. Y no me gusta que el panorama de un sábado sea limpiarle el culo a mi madre, para que ella se esté siempre quejando: hace frío, hace calor, la comida está fría, está caliente. Lo que está claro es que si eso es lo que sigo haciendo, ésa será mi realidad de cada fin de semana, al menos durante un par de años más, hasta que mi madre ya no esté aquí. Y entonces me sentiré solo, y pensaré que estoy solo porque me pasé buena parte de mi vida pendiente de mi madre, a pesar de lo que nunca logré que estuviera contenta, y mi madre ya no estará aquí. Haz las cosas que quieras hacer. Y no esperes que nunca nadie te vaya a dar las gracias por eso. Cuando te das cuenta de que, de 4.000 semanas que te han tocado, durante 2.700 has tenido unas creencias que te no te han ayudado a vivir lo que te hubiera gustado vivir sólo puedes hacer una cosa. Cambiar tus creencias, y dejar de pensar que no es posible lo que te gustaría. Eso no te garantiza que vaya a pasar. Pero al menos es un primer paso para intentar vivir de otra manera las 1.300 semanas que te quedan.

 

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