La construcción social del espacio: ¿se puede ligar en la isla de enfrente?

 

La construcción social del espacio: ¿se puede ligar en la isla de enfrente?

Manuel Ángel Santana Turégano

 


En los últimos tiempos, a través de la realización de entrevistas, la observación y la revisión de la literatura científica estoy investigando sobre las nuevas movilidades. La semana pasada sentí que había conseguido construir un marco teórico útil para analizar todo el amplio abanico de fenómenos que van desde el turismo tradicional a los migrantes que llegan en pateras, pasando por los nómadas digitales, los trabajadores en remoto, los migrantes de estilo de vida y otros. Partiendo de la tradición sociológica francesa centrada en Bourdieu llegué a la idea que es clave entender que, para los humanos, el espacio es siempre un espacio social. Esto quiere decir que el espacio es socialmente determinado, es decir, que percibimos el territorio con las categorías que hemos adquirido de nuestra cultura a través del proceso de socialización, y que el espacio social es socialmente determinante. En función de cómo sea nuestra relación con el territorio, por ejemplo, de que podamos cobrar alquileres vacacionales, o que tengamos derecho a que el estado nos subvencione el 75% del coste del billete cuando nos movemos entre Canarias, o entre las islas y el resto del Estado, ocuparemos una u otra posición en la estructura social. Arriba- abajo, derecha- izquierda son los términos a los que suele aludir la tradición sociológica desarrollada a partir de Bourdieu cuando se habla de espacio social. Y, tras llegar al campus de mi universidad directo desde el barco, me fui a mi casa todo contento porque pensaba que, a partir de dos pares de conceptos contrapuestos, los de fronteras/conexiones y derechos/obligaciones, se podía analizar, desde una perspectiva sociológica, este espacio social.

Pero esa tarde llovía a mares y me tuve que quedar en mi casa de La Laguna. La casa se me vino encima (el espacio es social). ¿Para qué necesitas una casa con patio, tres dormitorios, baño y aseo si eres soltero y no tienes hijos? Para nada. Lo que pasa es que imagino que casi nadie, cuando compra una casa a los treinta y pico, piensa que va a llegar a los cincuenta solterón, ya sea amargado, feliz o algo intermedio. La casa representa la materialización física de mis fracasos amorosos. ¿Por qué percibo como espacio de fracasos a La Laguna y no a Las Palmas? Según me reconoció una amiga tinerfeña, en realidad tiene toda la lógica del mundo: cuando yo me convertí en profesor en La Laguna debería haber sido aceptado en el mercado local de emparejamiento de Tenerife. Mientras que resultaba comprensible que una muchacha, como hubiera dicho mi madre, a la que pudiera conocer un fin de semana que estuviera en Las Palmas, no me considerara seriamente y/o me descartara, pensando “al fin y al cabo aquí está de paso y se va a ir”, las tinerfeñas deberían de haberme percibido como “local” y haber pensado “este chico es un buen partido y me interesa”. Pero uno de mis dones ocultos es tener la capacidad de estar siempre en el lugar erróneo y en el momento equivocado. En Tenerife siempre seré un canarión de mierda, que tendría que estar haciendo constante apostasía de la Playa de Las Canteras, la Virgen del Pino y la Unión Deportivo si quisiera que se me aceptara como local. Y en Gran Canaria siempre seré un renegado de mierda que se pasó al enemigo y se convirtió en chicharrero, y tendría que decir públicamente que todos los chicharreros son malas personas, unos acomplejados y que nos odian si quisiera borrar mi pecado mortal de haber confraternizado con el enemigo. Ni se me ocurre intentar explicar que yo chicharrero no lo podría ser nunca, que si acaso tengo algo es de lagunero, y una de las peores cosas que se le puede decir a un lagunero es “chicharrero”, término que se inventaron los laguneros para denominar despectivamente a los brutos comedores de chicharros que vivían alejados de la Ciudad del Adelantado.

 

Me vuelvo a Las Palmas y paso por un sitio por el que no suelo, aunque en realidad está a cinco minutos de mi casa, donde vivía una de la que fui pretendiente hace 25 años. Yo fui pretendiente porque ella era “pretendida”: muchacha que a mí me gustaba, a la que yo pretendía… pero eso, sólo pretendía, nunca hubo nada. Le mando una foto donde se veía dónde ella vivía entonces con sus padres y le digo …” ya imaginas por dónde ando y de quién me acordé”. A lo que respondió con lo peor que se le puede decir a quien tiene identidades y realidades compartidas: ¿Cuándo llegaste? ¿Cuándo te vuelves? Yo le respondí, indignado, que yo no me vuelvo porque yo no me voy. A ver si te llamo y te cuento… Hubo un tiempo, quizá hace 25 años, en que las personas habitábamos un espacio físico: la práctica totalidad de nuestras interacciones se daban en el espacio real. Ahora habitamos en el espacio virtual, en el ciberespacio. Chica, si quieres saber de mí coge el teléfono y me escribes, o me llamas. Y tampoco pasa nada porque las relaciones se acaben apagando. Pero que a estas alturas pretendamos hacer creer lo de que nos hablemos o no tiene algo que ver con que estemos copresentes de manera sincrónica en la misma isla...La gente de Añaza y la de La Manzanilla, la de Jinámar y la Minilla habitan en la misma isla. Pero no en el mismo espacio social... , a ver cuándo se empieza a impartir un poco de sociología en los institutos para que la gente entienda un poco que no habitan un mundo físico sino un mundo social.  

Entonces me acordé de una amiga con la que apenas hemos compartido alguna vez el espacio, porque ella, que ahora vive en Santander, vivió durante muchos años en el Sur de Tenerife, que en mi concepción social del espacio está tan lejos de La Laguna como Santander. Yo, en aquellos años en que pensaba que aún estaba a tiempo de ser un buen partido (basta ver los partidos actuales de la UD Las Palmas para entender que ya hay pocas posibilidades de eso), le decía que me interesaba la gente de fuera porque siempre tenía una concepción más abierta que la gente que siempre ha vivido en el mismo sitio. Y ella, viviendo entonces en un Sur de Tenerife en que el 80% de la población venía de fuera, me decía que el que la gente se haya movido no necesariamente es garantía de nada. Ahora, que estoy en Las Palmas, y que cotidianamente me relaciono mucho con “gente de fuera”, creo que entiendo mejor lo que entonces tan sólo intuía. No es que el que la gente sea de fuera te garantice nada. Lo que pasa es que quizá es más posible que compartan mi percepción social del espacio. Porque yo tengo una percepción del espacio social del espacio tan atípica que, como me decía una amiga (de broma, supongo), en realidad con quien tendría que intentar ligar sería con las trabajadoras del Fred Olsen. Y ahora paso a explicar brevemente lo que yo percibo como mi espacio social.

Cuando yo estoy en Las Palmas, en Las Canteras, salvo algún día que está el tiempo especialmente malo, lo normal es que en algún momento del día vea Tenerife, el Teide y La Laguna. Cuando estoy en La Laguna, salvo algún día que esté el tiempo especialmente malo, lo normal es que en algún momento del día vea Gran Canaria, Las Palmas, y, normalmente al amanecer y al atardecer llego a identificar, en la silueta del Skyline, la torre de los Taxistas, el hotel AC y el edificio Woerman. Para mí “aquí” es todo, no pienso en términos de “nosotros” / “los otros”. Un día me dijo un amigo, al que le comentaba que el Gofit de Las Canteras es mucho mejor que el de Santa Cruz, que yo le tengo mucha tirria a los chicharreros y que para mí todo lo de Gran Canaria es mejor. La percepción del espacio es social: seguramente si alguien dice que el Viva Gym de los Alisios es mucho mejor que el de, por ejemplo, Juan XXIII, nadie diría “es que tú eres muy pro-Tamaraceite, y para ti todo lo de Tamaraceite es mejor que lo de Las Palmas. Tras dar una charla en la ULPGC, una antigua alumna (de la ULL) me decía “ya te contaré un día lo que dicen algunos de lo malvados que son los sociólogos de la ULL”. Claro que yo llegué a La Laguna, y mientras estaba alegremente de tertulia con mis compañeros caí en la cuenta de que todos somos de Gran Canaria. Salgo a tomar una cerveza y me encuentro un amigo que me dice que últimamente se ha estado yendo cada dos fines de semana a Madrid. Me escribe una amiga de La Laguna y me dice que anda por la Península. En realidad, lo reconozco, yo soy un bicho muy raro. Si la identidad se construye a través de círculos concéntricos, para la mayoría de las personas que habitan en Canarias su espacio social es “isla- luego a veces otras islas de la propia provincia- y Madrid (como metonimia de “España”). Conozco muchas más personas, empezando por mi propia familia, que viajan más y conocen más, entre su isla y la Península que lo que viajan entre islas o conocen otras islas. El raro soy yo, que para mí mi mundo es Canarias, y el resto es “parte del extranjero”. Claro que yo soy tan raro que reconozco que últimamente escucho más música clásica en la BBC3 que en Radio Clásica. Claro que, qué quieren que les diga, a mí me parece normal, porque cuando en la BBC, para empezar bien el día, te ponen Bach before seven, a mí me lo ponen antes de las siete de la mañana. Mientras que en la radio española están con otras cosas que yo igual aguantaría a las ocho pero que no estoy para escuchar antes de las 7. Así que vuelvo a mi amiga santanderina. Que sí, que el que la gente haya viajado y sea de fuera no te garantiza nada. Pero es que quizá es mi única oportunidad de ligar. Porque si la gente es “de aquí”, y define el “aquí” como Gran Canaria, a mí me considerarán un chicharrero de mierda, y pierdo puntos. Y si definen el “aquí” como Tenerife, a mí me considerarán un canarión de mierda, y también perderé puntos. Así que mi única oportunidad es que no definan el aquí en términos insulares, ya sea porque sean de fuera o porque trabajen en Fred Olsen.

 

El espacio social se percibe a través de dos dicotomías: fronteras/conexiones y derechos/obligaciones. Imagino que como yo percibo como conexiones lo que para otras personas son fronteras ellas me perciben a mí como “un diablo con cuerno y rabos”, como una mala persona. O sea, que tú no te solidarizas con el resto del grupo, y pretendes disfrutar a la vez de la Playa de Las Canteras y del Monte de las Mercedes, ya está bien, decídete y elige con qué te quedas, pero tienes que tomar partido, no puedes quedarte en medio. Porque en el mundo que nos toca vivir parece que se considera mala persona a quien pretende tener derechos en un espacio en el que “nosotros” pensamos que no tiene derechos. Al fin y al cabo, la división entre turistas y migrantes va por ahí. A los turistas les otorgamos el derecho a disfrutar de nuestro espacio, pero esperamos que en contrapartida cumplan con su obligación, que es gastar dinero, mucho dinero, cuanto más dinero mejor. La inmensa mayoría de las personas que migran a España llegan como turistas, el problema es cuando pretenden tener un derecho, el de ganar dinero, que nosotros pensamos que no deberían de tener. Yo cambio pañales y limpio culos en Gran Canaria, primero con mis sobrinos, luego con mi padre y ahora con mi madre. Cumpliendo con mis obligaciones me he ganado el derecho a que nadie pueda decirme que no soy tan de aquí como el que más. Pero también, dando clase a más de 5.000 personas, he contribuido a que Tenerife sea ahora como es, por lo que, también cumpliendo con mis obligaciones, me he ganado el derecho a que nadie pueda decirme que no soy tan de aquí como el que más. ¿Se puede ligar en la isla de enfrente?  La verdad es que, en base a mi propia experiencia, diría que es difícil, que es más fácil irte a Madrid, y que te digan que les gusta el acento canario, que moverte entre Canarias e intentar ligar: para las canarionas eres un chicharrero, para las chicharreras eres un canarión. Fronteras, conexiones, derechos y obligaciones. Sí, claro, la gente también tiene derecho a que le guste lo que quiera que sea que les gusta. hay a quienes les van pelirrojas, a quienes les gustan los negros, quienes tienen un fetiche con los policías y a quienes les gustan las azafatas. Pero, en la medida en que cumplamos con nuestras obligaciones, nadie debería de privarnos de nuestros derechos. Claro que hay quien dice que los derechos te los tienes que ganar, los tienes que hacer valer, que nadie te los va a regalar.

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